miércoles, 5 de julio de 2017

E L L E

Ella, era como la tormenta cuando quería y como el más hermoso día de verano cuando lo necesitaba.

Era, la mezcla perfecta entre lo indomable y lo tierno, entre lo mas fiero del león y lo mas tierno de un cordero. Era el yin y el yang, era quien ella no quería, era el amor y el odio, la cordura y la locura, era una persona y otra, pero no quien quería.

No quería ser quien era. No.
Ella no quería ser ni la tormenta ni la calma, ni el yin ni el yang. Sencillamente ella no quería ser.

Con sus ojos oscuros como la noche y duros como una roca, miraba hacia el día furioso y mortal tal como ella. Pero a pesar de eso ella lo miraba con sus otros ojos, con sus ojos de color marrón como el chocolate más oscuro y dulces, como el caramelo más rico del mundo.

Ella, apreciaba cada parte del universo, como si fuera la única vez que lo vería de esa forma.

Ella, lo miraba con dolor, con lamento; con alegría y con dulzura; con amor y tranquilidad, con odio y amargura.

Él, un simple navegante en aguas tan indecisas como lo era ella, se perdió y naufragó.

Que insulso e inocente hombre, carente de conocimiento acerca de aquellas aguas.

Pero a la vez que valiente marinero que no se dejo llevar por unas simples palabras escritas en aquel viejo cartel:

"Inconsciente aquel que trate de navegar estas aguas furiosas como un huracán y tranquilas como la brisa de un día soleado. Esta prohibido por su simple seguridad, acérquese nomas y vera de lo que le hablo. Quiérase un poco y hágame caso. Quien se aventura en estas aguas, no sale vivo nunca de éstas. No sea tonto y de marcha atrás. No se trata de valentía se trata de cordura. Por favor, no avance mas."

El marinero, ignorando ese sabio cartel, siguió su camino y no le importo nada mas.

Ahí fue que la vio. Hermosa y tranquila, llena de paz y armonía.

La amó mas que a nadie, sin importarle nada.

Ella lo vio y se enfureció, ante la osadía de molestarla.

Él le hablo, le sonrió y ante tal demostración de afecto, ella bajó su escudo, por primera vez, ante su llegada.

El vio que no surgió ningún efecto esa mínima demostración de afecto. Pero que tonto, que iluso al no darse cuenta de lo que ella no mostraba.

Pero no le importó y siguió queriéndola hasta que la historia entre ellos terminó.

Él por su lado, siguió queriéndola y extrañándola. Pero a pesar de eso, siguió con su viaje por la vida, de a poco, olvidándose de ella.

Y ella, volvió a estar tan solitaria como antes. Pero esta vez, no era más esa marea furiosa, sino que aprendió a amar.

Y su mar... su mar se convirtió en un mar de lagrimas de tristeza y de amor.

Nunca lo olvido, nunca dejo de amarlo. Nunca lo odió pero nunca lo perdonó por haberla dejado sola, en sus lagrimas. Ahogándose con los sentimientos que nunca pudo demostrar, con las palabras que nunca pudo decir y con las lagrimas que nunca pudo derramar.
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